sábado, 19 de septiembre de 2020

El héroe

John Ugalde era un héroe. Un héroe de verdad, marine del USS Utah, torpedeado en Pearl Harbor en la isla de Oahu. Sobrevivió al ataque y luchó en Okinawa, en Japón, en una de las más importantes batallas en el Pacífico durante la II Guerra Mundial. De allí trajo una bandera militar del Sol Naciente. Después de cinco meses de convalecencia en un hospital regresó a casa. 
De origen vasco, su familia emigró a Idaho en el siglo XIX. Su padre era veterano de la I Guerra Mundial. Se dedicaban al pastoreo en las montañas de Boise hasta que empezó el conflicto. John siguió los pasos de su idolatrado aita, al que recordaba con cariño cuando contaba junto al fuego en el rancho las batallas en las que había participado y los amigos que había hecho. Se alistó en el Cuerpo de Marines a los veinte años después de cursar dos años de universidad, con el propósito de vivir nuevas aventuras y conocer otros países. Realizó los cursos de teniente en la academia militar para luego hacerse cargo de un pelotón de jovencísimos reclutas. Embarcó lleno de ilusiones y nerviosismo en el buque de guerra en dirección al Pacífico. Se licenció condecorado con la medalla al valor y con el grado de capitán.
Al regresar a casa nos reunió en el taller de autobuses, donde trabajaban sus amigos. Allí estaban Michael, el mecánico, Eddie y su hijo David, el señor Houston, el cobrador, el ayudante Tony y yo, su sobrino Paul. Le adorábamos con aquel uniforme caqui que le sentaba como un guante, la gorra de plato y la bandera de Japón en las manos. Nosotros entonces nos moríamos de ganas por conocer las batallas en las que había participado y los lugares que había conocido. Tenía una voz desgastada y lenta como si fuera una persona mayor. A todos nos transmitía un sentimiento de tristeza por los compañeros que habían muerto y por las encarnizadas batallas en las que había participado.

-Cuéntanos cuando estuviste tres días seguidos en la trinchera sin poder salir por el ataque de los japoneses -le dijo Michael.
-Prefiero no recordar aquellos días. Había muchos compañeros que estaban heridos y no podían ser evacuados. No os imagináis cómo eran las noches llenas de gritos y lamentos. Era para volverse loco. El frío en las colinas nos invadía y las granadas caían sin cesar. Tenía a mi cargo un pelotón de hombres que luchaban por su país, pero que no nos llegaran refuerzos, les desesperaba. De verdad, las guerras solo traen desgracias y vidas rotas. 
-¿Cómo eran los permisos cuando no estabais en el frente?
-Mira, Eddie. Nos llevaban a la ciudad y lo único que hacíamos era beber whisky y emborracharnos con la paga que nos daban. Sí, había fiestas y drogas, y las chicas venían a la residencia de oficiales. Nos divertíamos, incluso conocí a una preciosa chica hawaiana de la que me enamoré, pero ahora quiero olvidar.
-¿Cómo manteníais la moral alta? -preguntó el señor Houston.
-Cuando recibíamos noticias de casa era el mejor momento. Los primeros meses fueron muy duros. Solo pensábamos en volver, pero mientras estábamos en el cuartel manteníamos un buen ánimo.
-¿Qué le sucedió a la chica? -quería saber Tony.
-Se llamaba Kiana y vivía en una aldea cerca de la base naval. Pero una noche, cuando estaba de permiso cenando con ella en un restaurante, un soldado borracho disparó su revólver en plena calle y le alcanzó una bala.

Mi tío siempre había sido un hombre alegre, pero en aquel momento enmudeció y la tristeza inundó el taller. Al cabo de unos meses encontró trabajo en el Bank of Idaho y pasó allí su vida hasta su jubilación.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Manuel

 Después de una jornada de trabajo en la fábrica a Manuel le gustaba darse una ducha. Subió sudando las escaleras de la pensión hasta su cuarto. Se quitó la ropa y abrió el grifo. Doña Juana, la dueña, tenía controlado el consumo de agua caliente, así que debía darse prisa. Subía por el patio un tufillo a podrido de las viejas cañerías, pero a través de la cristalera, mientras se enjabonaba, podía ver las ventanas de los pisos de enfrente. El agua templada le traía recuerdos de su casa en el pueblo. Allí no había calentador de gas butano, pero su madre le preparaba, después de llegar de trabajar en el campo, dos cubos de agua calentados en la cocina de carbón que le parecían el mayor placer del mundo. Salió de la ducha y se puso la muda limpia. En una de aquellas ventanas se encendió una bombilla y pudo ver la silueta de una chica joven mientras se desnudaba. La luz de la tarde parecía una tela de araña que se iba apoderando de los pisos interiores. Sonaba de fondo la música de alguna novela radiofónica de la tarde que iba y venía, así como los silbidos de las bandadas de vencejos. En la mesilla había dejado la carta que le había entregado la dueña al llegar. Se sentó frente al ventanal, de cara a la fachada de la otra casa. Allí seguía ella, pero ahora se había puesto un camisón y estudiaba a la luz de un flexo. La tarde caía con su color amarillo, carnoso, como la piel de un melocotón maduro. Manuel miraba con disimulo hacia la otra casa cuando se cruzaron las miradas. Un breve saludo le bastó para saber que era la mujer de su vida. La carta seguía allí, sobre la mesilla. La cogió, la olfateó y se fijó en la letra. Era la letra de su hermana. “Querido hijo…” Todos estaban bien le decía su madre y contentos de que tuviera un futuro en la cuidad. Le aconsejaba que se portara bien y que no se distrajera con nada. También añadía que su padre le esperaba en agosto para recoger la cosecha.

Entró por la ventana el olor de los geranios de la vecina mezclado con el aroma de la sopa de ajo que preparaba para la cena. En la casa de la chica se encendió la bombilla de filamentos de la cocina cuando su madre se preparaba para poner la chapa. El patio revivía al prenderse las débiles luces amarillas o blancas de los pisos. Se oían las voces de las madres llamando a los hijos y un niño de mantas lloraba pidiendo su comida. Antes de ir al comedor de la pensión consiguió que ella le mirara y con gestos le pidió que se encontraran en la calle después de cenar. La primavera inundaba el ambiente y los bares de la calle invitaban a pasar un rato a la fresca.

 

Quedaron aquella noche por los bares del barrio. Tenía que volver a casa a las diez, porque sus padres eran muy estrictos. Le dijo que estudiaba Magisterio en la universidad y que estaba a punto de acabar. Había sin duda algo en ella que cautivaba a Manuel. ¿Qué pensaría ella de este encuentro? ¿Había sido demasiado atrevido al proponerle que bajaran a la calle? ¿Qué dirían sus padres al saber que había conocido a una chica? Siempre le decían que era un precipitado, un aventado, que hacía los cosas sin pensar corriendo de un lado para otro sin parar. Tan pronto estaba en el río, como cazando pájaros o azuzando a los perros de los corrales. Recordaba el lamento de melancolía de su madre cuando decía que no sabía cuándo iba a madurar su hijo. Acordaron volverse a ver el próximo sábado.

La cita no llegó a producirse. Al día siguiente se enteró, como todos los vecinos. Manuel era muy apreciado por los compañeros en la fundición. Estaba siempre dispuesto a ayudar. Era el chico que valía para todo. Una de las piezas que habían fabricado necesitaba de la ayuda de varios obreros para subirla al camión. Con mucha precaución fueron colocándola en la plataforma, pero al quitar el último apoyo, se desplazó y aplastó a Manuel.

 

Segundo final

La cita llegó a producirse, pero unas semanas más tarde. Al día siguiente se enteró, como todos los vecinos. Manuel era muy apreciado por los compañeros en la fundición. Estaba siempre dispuesto a ayudar. Era el chico que valía para todo. Una de las piezas que habían fabricado necesitaba de la ayuda de varios obreros para subirla al camión. Con mucha precaución fueron colocándola en la plataforma, pero al quitar el último apoyo, se desplazó y aplastó un brazo a Manuel. Le llevaron al hospital y allí consiguieron reconstruirlo.

domingo, 6 de septiembre de 2020

Nuevo final

 Ana Larrea durmió mal aquella noche. Durante el viaje en Metro de madrugada le había distraído de su angustia la conversación con su amiga Olatz cuando volvían a casa después de cenar con unas amigas en el centro. Algunos noctámbulos dormitaban en los asientos, mientras varios jóvenes, sentados en el suelo, hablaban a voces excitados por el alcohol. Al salir al exterior se habían despedido, pero antes le había confesado que verse obligada a elegir entre ambos se le hacía arduo.

Mientras caminaba hacia casa por las calles silenciosas y recién regadas, ya había tomado la decisión. Estaba agotada por el trabajo estresante en el hospital, a pesar de que había tenido una semana de vacaciones. Si lo llega a saber habría renunciado a disfrutarlas, bueno no, así tomaba distancia del doctor Garay. Llevaba toda la semana de acá para allá. Su madre se había puesto enferma y había tenido que ir a atenderla. Como era enfermera, sus hermanos se desentendían; había subido a la ikastola para hablar con la tutora de Peru, porque llevaba una temporada un poco descentrado; su marido, siempre ocupado, no podía hacerse cargo de las tareas cotidianas y mucho menos de las compras del súper, pero la nevera tenía que estar llena siempre. Para rematar la semana, la reunión de la comunidad con la propuesta de cambiar el ascensor. Menos mal que había quedado para cenar, eso la compensaba.

De los tugurios, a ráfagas, salían relámpagos de luz y, de vez en cuando, humo, canciones, broncas, parejas abrazadas, confiadas, desinhibidas. Tuvo la tentación de terminar la noche en uno de aquellos, pero de repente, oyó, como una amenaza, el taconeo seco y firme de una mujer que se le acercaba por la espalda. Se preparó para defenderse, cogió del bolso el espray para ahuyentar perros, pero cuando estuvo a su altura giró la cabeza y la miró a los ojos. Descubrió a Laura, una antigua amiga del colegio con la que hacía años que no se veía y con la que había pasado muy buenos ratos durante su adolescencia, en casa de una o de la otra. Las dos se sorprendieron y se abrazaron de inmediato. El frío de la noche las empujó a entrar en uno de los locales de música rock & roll. La gente allí reunida a esas horas de la madrugada era de su quinta, todos talluditos y con ganas de rollo. Tuvieron que espantar a varios moscones cuando tomaban una copa y aunque era imposible hablar disfrutaron del ambiente que casi tenían olvidado. Como no querían irse a casa terminaron en un after a las siete de la mañana. A esa hora de las confesiones, Laura le dijo que se había acostado con muchos hombres pero que no repetía con ninguno. Le reconoció que se arrepentía de su distanciamiento con ella. Ana se quedó bastante tocada con la nueva aparición de Laura en su vida. Se pasaron los números de los móviles para volver a quedar.

Al día siguiente tenía que ir trabajar y enfrentarse a la situación que estaba viviendo durante meses con el doctor Garay. No quería prolongar más el asunto y aunque tenía pensado decirle que no podían seguir, no llegó imaginarse que él estuviera esperándola en la consulta para pedirle que se fueran juntos un fin de semana, con la excusa de una guardia de dos días seguidos. Se había puesto su mejor traje, estaba tan perfumado que atufaba y traía una rosa para entregársela. Su ridículo comportamiento le hizo sentir vergüenza ajena. Ana rechazó la propuesta con elegancia y desde entonces se distanciaron. La misma situación había sentido Ana cuando en COU le propuso a Laura que se fueran un fin de semana al apartamento que tenían sus padres en la costa y, por supuesto, la había rechazado.

La madre de Ana siempre le decía que pensara en el día de mañana. Pero el día de mañana nunca llegaba como ella se lo había imaginado. Sin compromisos, sin ataduras, con libertad para decidir con quién quería estar. Había momentos en su vida de los que no estaba orgullosa, sobre todo en su falsa relación con los hombres. Pensar en su último episodio con el doctor Garay le dio asco; iba a resultarle muy difícil fingir lo contrario de aquí en adelante; pero quería recuperar algo de la libertad que no tenía. Nadie podía volver y empezar de nuevo, pero cualquiera podía empezar a crear un nuevo final. Como decía el novelista Robert Louis Stevenson, que Ana leía durante los años del colegio, “ser lo que somos y convertirnos en lo que somos capaces de ser es la única finalidad de la vida". Decidió hablar con su marido para romper la relación. Sabía que era una decisión difícil y dolorosa, pero era lo mejor para ellos. Con el tiempo llamaría a Laura para tratar de recuperarla.

 

 

 

martes, 25 de agosto de 2020

El miedo

Sembrar miedo es un eficaz método de manipulación y dominio tanto de una sociedad como de un individuo; quizá aún más pernicioso cuando eres tú mismo el causante del miedo que padeces y te atenaza.

Siempre he vivido bajo la amenaza del miedo. Es la única forma que tengo de relacionarme con los demás. Ya en el colegio vivía con miedo. Todos los días se me encogía el estómago al entrar por la puerta del patio. Primero, en las filas que formábamos para subir a clase. Cuando el prefecto pasaba por mi lado, las manos y los brazos se me dormían solo con pensar que igual se fijaba en mí por no mirar al cogote del que tenía delante. Después, al llegar a clase y contestar a las preguntas del fraile, me ponía tan nervioso que alguna vez respondía lo contrario de lo que quería decir. A menudo, la mandíbula no me respondía al intentar hablar. Y eso que yo era un alumno que no llamaba la atención. Tenía siempre los deberes hechos y estudiaba lo que mandaban. Así hasta llegar al instituto y perderlos de vista. Creía que me liberaría del miedo al abandonar el colegio, pero aquellos años me marcaron a fuego para ser malo e infligir dolor, como nos habían hecho a nosotros. Una fuerza ciega a la que no podía someter.

¿Quién no lo ha sentido alguna vez?, me pregunto con frecuencia en el trabajo, en casa o al pasear por la calle. El miedo a que me descubran en alguna de mis maldades, hace que siempre esté alerta. Siento que es el que me mueve a seguir con mi vida.

Hace unos días manipulé la silla de mi compañero de oficina. El proceso de preparación del accidente en apariencia me tenía en vilo. El corazón me latía a mil por hora mientras aflojaba el tornillo del asiento. Cuando se sentó, se pegó tal trompazo que estuvo varios meses de baja por una lesión en las lumbares. El jefe me dio su puesto mientras estuviera en casa, pero yo sabía que me quedaría con su trabajo. Sentí alivio.

En otra ocasión, a un antiguo amigo que no me caía bien, porque siempre me tomaba el pelo, le invité a comer en el txoko con la cuadrilla. En un momento de descuido le puse un potente laxante en la bebida. Enseguida se encontró tan mal que tuve que llamar a la ambulancia para que se lo llevaran al hospital. Se le quitaron las ganas de volver a comer conmigo. Me sentía liberado cada vez que infringía daño a los demás.

Una de mis odiosas tías venía a merendar casa todas las semanas. Dejaba un rastro a perfume barato que me repugnaba. Pero no solo era el olor, el aspecto casposo y trasnochado con su pelo terminado en moño y el traje de tergal que usaba me sacaban de quicio. Mi madre aguantaba todo lo que su cuñada le decía, pero yo con disimulo me marchaba de casa antes de que ella saliera. Uno de esas tardes me escondí en uno de los rellanos de la casa y cuando bajaba sola la escalera solo tuve que empujarla para que cayera. Nadie vio nada, pero mi tía acabó con una fea fractura de tibia y al poco tiempo falleció. Me encontraba cada vez mejor.

A veces tenía que viajar por cosas del trabajo y me alojaba en un hotel donde tenían un pequeño bar abierto a los clientes y al público. Antes de subir al cuarto me gustaba tomar una copa y charlar con la camarera. Incluso alguna vez, cuando cerraba el local salíamos a fumar un cigarro a la calle antes de que se marchara a su casa. Una de las noches un cliente pesado intentaba ligar con ella de forma maleducada y faltona. Veía que la pobre chica tenía que aguantar sus impertinencias sin poder hacer nada. Cuando ya se cansó de molestarla salió por la puerta tambaleándose para ir a la calle. Lo seguí y con disimulo lo tiré debajo de un autobús que pasaba por allí. No me podía sentir mejor. Había logrado invertir la carga del miedo: ya no lo padecía yo, se lo daba a los demás. Era un alivio. El problema es que el camino recorrido para conseguirlo me había convertido en un monstruo.

 

sábado, 8 de agosto de 2020

Centro de Interpretación del León Romano

Centro de Interpretación del León Romano-Casona de Puerta Castillo. Se trata de un interesante museo que ofrece una gran cantidad de información del pasado romano de León combinada con elementos muy visuales para comprender cómo pudo desarrollarse la vida durante el Imperio Romano en la ciudad. Desde el mismo centro se puede observar un amplio tramo de los dos recintos defensivos erigidos por la Legio VII para su campamento permanente en León y pasear por un pequeño tramo de muralla. 

Además el Ayuntamiento de León organiza visitas guiadas gratuitas por el pasado romano de la ciudad leonesa.

jueves, 30 de julio de 2020

El aperitivo

Las amigas caminaban por la Gran Vía ajenas a la expectación que causaban entre los hombres. Aunque oían piropos de algún baboso: “Me gustaría ser caramelo para deshacerme en tu boca”, “Si la belleza pagase impuestos, estarías arruinada” o “¡Cuántas curvas y yo sin frenos!” no prestaban atención a nada. Habían salido hacía media hora de la oficina y solo querían pasear para ir a tomar un aperitivo antes de llegar a casa.

Como era sábado al mediodía, la jornada laboral había terminado, así que la calle estaba llena de hombres que habían cobrado el sueldo, pero antes de entregarlo a sus mujeres se dedicaban a gastarse parte del sobre. Hasta los Hermanos de La Salle habían dejado el colegio por un rato para confraternizar con los ciudadanos. Pili reconoció al hermano Félix que daba clases a su hijo.

Existía entonces la costumbre de dividir la sociedad entre hombres y mujeres en compartimentos estancos. Los hombres copaban todos los lugares importantes y las mujeres parecía que no existieran, vamos, que no ocupaban el sitio donde se las pudiera ver. El clero, guardias y hombres a la caza formaban la fauna de todas las ciudades. Pero existía otra división fundamental, la de las mujeres que querían emanciparse para demostrar que ellas tenían tanta importancia como los varones.

 

-¿Te has dado cuenta de que hasta los frailes salen a fisgar? -comentó Miren.

-Claro -respondió Pili. Pero esos quieren hacer como que no nos ven. Pero si yo te contara. El otro día, uno de los frailes que da clase a mi Pedrito, me llamó a su despacho con la disculpa de hablarme del rendimiento de mi hijo. Pero, no te digo que al final de la charla hasta noté que se me insinuaba. No sé adónde vamos a llegar. Me quedé muerta.

 

Quizás Pili no fuera la mujer más inteligente del mundo, pero era una buena amiga. La verdad es que era un poco exagerada con las cosas que contaba, pero tenía siempre buen ojo con los hombres.

 

-No te hagas de nuevas. Que tú los conoces bien -intervino Miren. Aunque te parezca mentira, a mí que siempre soy distante en la oficina y no quiero ninguna tontería con los compañeros, soñé que me liaba con mi jefe.

-Cuenta. Eso me gusta.

-Como siempre anda tocándome la moral con lo de las cartas que me dicta y pidiéndome que le lleve café a todas horas para mirarme las piernas, tenía que llegar el momento en que soñara con él. Y la verdad es que me quedé satisfecha -añadió Miren.

-Uf, qué suerte. Porque yo no tengo más que vejestorios en el banco. El que no se duerme en su silla, se le cae la ceniza de los cigarros en la chaqueta arrugada. Una ruina. Para más inri, el auxiliar nuevo, no tiene ni un revolcón -dijo Pili.

-Pero es que además no veas cómo es mi jefe -subrayó Miren con un punto de ironía. Se cree un don Juan, aunque es calvo, tiene una tripa de cervecero que no se ve los pies, pero va tieso como una vela por la oficina y siempre rodeado de meapilas.

-A ver si se van a creer que solo ellos nos pasan revista a las mujeres. Nosotras también tenemos nuestro ranking -apuntó Pili.

-Cada vez que paso por su despacho me da un repelús que me ahogo -añadió Miren.

-Bueno nosotras a lo nuestro y cualquier día nos los comemos de aperitivo -sentenció Pili entre cómica y sarcástica.

 

 

La chica del bar

Juan pidió una caña y vio por primera vez a la chica sentada a una mesa del fondo del local. Entró en el bar de siempre aquella tarde insustancial. El camarero, aburrido, con la servilleta al hombro, miraba la caja tonta sin prestar atención. Le saludó con una sonrisa cansada. De vez en cuando, como si fuera un autómata, secaba las tazas y las colocaba sobre la cafetera automática. Los parroquianos habituales jugaban a las cartas en las mesas de formica con tapetes sucios. El ambiente, iluminado por fluorescentes blanquecinos, estaba cargado de olor a aceite de girasol de la cocina, a tabaco rancio y coñac barato que se pegaba a la ropa. La máquina tragaperras repetía su música cansina a la vez que un hombre ensimismado introducía monedas.

Desde que había salido de la oficina, después de atender en la ventanilla a los clientes del banco que acudían no solo a sacar dinero, sino a resguardarse del frío y a sentir que alguien se interesaba por ellos, presentía que hoy sería un día diferente. A veces, cuando se levantaba, su madre le decía que lo veía inquieto. No te preocupes, no es nada, le contestaba. Pero Juan siempre temía que el trastorno de su madre -vivía en su mundo, escribía durante noches enteras en su habitación y en ocasiones bebía sin control- le afectara. Su padre los había abandonado sin dar explicaciones cuando él era un crío, ella no lo había superado y Juan quedó traumatizado. Los compañeros en el colegio, siempre crueles, le preguntaban por su padre durante los recreos y en el camino de vuelta a casa.

Tenía ya treinta años y además de haber salido con algunas chicas de forma esporádica y después de una experiencia traumática con una compañera del trabajo, no conseguía que se fijaran en él. Alzó los ojos de la cerveza y con disimulo miró hacia la mesa del fondo, la chica estaba allí, con el pelo recogido en una coleta y los labios pintados con ligero carmín. Se enamoró al instante, aunque no lo supiera. Tenía las piernas cruzadas, vestía informal y con la mirada fija en el móvil y en la puerta, mientras esperaba. Sostenía de forma elegante un cigarrillo entre sus dedos, pero casi no tenía uñas de habérselas mordido. Parecía que alguien le había dado plantón y salió dejando un leve aroma a lavanda y mandarina.

 

A las tres y media, como todos los días, antes de subir a casa, el camarero le servía la cerveza, después de saludarlo con un leve movimiento de cejas. Allí volvía a estar ella, pero hoy estaba acompañada por un hombre vestido con traje y corbata. No parecían felices, ella lloraba con angustia por algo que le había dicho su amante. Juan no sabía qué hacer, si intervenir o dejar que todo fluyera. Tenía previsto dirigirse a la mesa después de que el tipo saliera por la puerta, pero no se atrevió.

Después de aquello y durante toda la semana, cuando llegaba al bar la veía seguir con su rutina de espera, pero el otro no volvió a aparecer. Su enamoramiento crecía sin control, pero nunca daba el paso. Notó que le miraba cuando pasó a su lado pidiéndole con los ojos que la ayudara. Sin embargo, no fue capaz de hablar, el dolor en el pecho de los latidos del corazón le paralizaba. Al mirar por la ventana del bar vio cómo un camión se la llevaba por delante.

 

 

 

Uzbekistán 8

Tashkent Uzbekistán es el centro del centro de Asia. El único país del mundo que está landlocked by landlocked. Es decir, que sus países lim...