viernes, 12 de noviembre de 2021

La Gomera

La Gomera tiene una superficie de 369,76 km². Su punto más alto es el pico Garajonay, con 1.487 m de altitud sobre el nivel del mar, que pertenece al Parque Nacional de Garajonay. La isla tiene unos 12 millones de años de antigüedad. También es conocida como la isla colombina, porque fue lugar de avituallamiento de Cristóbal Colón antes de partir al Nuevo Mundo en 1492.

En la capital, San Sebastián de la Gomera, hay monumentos referentes a este histórico viaje, como la Torre del Conde o el Pozo de la Aguada, donde repostaron el agua las embarcaciones para la histórica expedición. Se vista el Parque Nacional, que fue declarado patrimonio de la humanidad por Unesco en el año 1986 y que acoge una importante reserva de bosque de laurisilva. Dicha formación vegetal subtropical está formada por una gran variedad de árboles que conservan sus hojas durante todo el año gracias a la alta humedad y a las suaves temperaturas. Este bosque, considerado una reliquia viviente, cubrió la cuenca del mediterráneo durante el terciario, y desapareció casi en su totalidad con las sucesivas glaciaciones.

En Garajonay se pueden encontrar fayas, brezos, laureles y helechos, que presentan endemismos típicos del desarrollo en un entorno aislado y benigno. La zona se ve afectada por los vientos alisios, generando el llamado mar de nubes, por lo que la condensación del vapor de agua en las hojas de los árboles (lluvia horizontal) eleva de manera considerable la cantidad de agua en el terreno. El parque puede recorrerse fácilmente gracias a los numerosos senderos que lo atraviesan.

Durante el viaje, a través de profundos barrancos, se ven lo que se denominan roques. Estas formaciones son de material procedente de una erupción que se solidificó lentamente obstruyendo la salida entre rocas basálticas. Uno de ellos es el de Agando.

Entre toda esta belleza natural y una orografía escarpada, los pobladores de la isla ingeniaron para comunicarse un idioma único en el mundo, el Silbo Gomero, con el que son capaces de transmitir su mensaje a kilómetros de distancia con una facilidad asombrosa. Ha sido declarado Patrimonio Oral, Cultural e Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2009.

Además, han desarrollado una técnica para extraer la sabia de una de palmera autóctona, que a través de la cocción, se transforma en la miel de palma o sirope de palma. 










Homenaje a las sirgueras




Esculturas de las “Sirgueras” a tamaño real creadas por Dora Salazar, que representan a una mujer tirando de una cuerda, como las que se encargaban de remolcar barcos por la ría con la única ayuda de su propia fuerza. Es un homenaje y reconocimiento a aquellas mujeres y a las duras condiciones de vida que sufrieron.






Tenerife

Durante el mes pasado tuvimos la oportunidad de visitar Tenerife, en la zona de Las Américas. Junto a La Palma, La Gomera y El Hierro conforma la provincia de Santa Cruz de Tenerife. Con una superficie de 2034,38 km² y una población de 928.604 habitantes es la isla más extensa del archipiélago canario y la más poblada de España. Además, la isla también es conocida por ser un gran destino turístico, ya que recibe a más de seis millones de turistas cada año. La zona Sur se caracteriza por un verano eterno de suaves temperaturas y maravillosas playas de aguas templadas que discurren por todo el litoral. Además, hay una extensa oferta de ocio y zonas comerciales de calidad para disfrutar de unos días de vacaciones.


En Playa de las Américas, ubicada entre Arona y Adeje, se puede gozar de una variada oferta de bares de copas, restaurantes, cafeterías y discotecas, situadas junto a la playa. Durante el día lo mejor es relajarse y dejarse llevar por el sonido del mar, o recibir una clase de surf. Las populares playas de Las Vistas, Los Cristianos, El Camisón o Troya ofrecen lugares maravillosos para tomar el sol y bañarse en sus cálidas aguas. Desde el puerto de Los Cristianos parten los barcos hacia el resto de islas, que se pueden visitar durante la estancia en Tenerife.

Una de las excursiones para llevar a cabo durante la estancia en Tenerife Sur es conocer las Cañadas del Teide. Desde el nivel del mar, se asciende hasta una altitud aproximada de 2.350 metros llegando a la base del Teide, el punto más alto de la geografía española. 

El ascenso se realiza por la carretera que lleva a Vilaflor a través de una espectacular zona forestal de ejemplares de pino canario, cuya característica es la resistencia a los incendios. Aquí se hace una parada para tomar un típico café con leche condensada y contemplar las vistas sobre el valle. A continuación, se sigue hacia las instalaciones del Teleférico del Teide para subir hasta los 3.555 metros. Si se dispone tiempo, dar un paseo por la base del cono del Teide. Es aconsejable llevar ropa y calzado adecuado porque a esa altitud suele hacer frío. Para subir hasta la cumbre se necesita solicitar con antelación un permiso especial en las oficinas del Parque.

Durante el descenso dirigirse a "Los Roques de García" para caminar y disfrutar de ese precioso rincón del Parque Nacional del Teide. 






miércoles, 6 de enero de 2021

Nada era ya igual

Cuando abría la ventana de mi habitación, un abrazo de frescor me despertaba todas las mañanas. La rutina era desayunar con mis primos y luego ayudarles con los animales. Salíamos con las vacas hacia el prado, las dejábamos allí hasta la tarde y volvíamos para hacer los deberes que me habían puesto en el bachillerato. Ellos eran un poco mayores que yo, así que me ayudaban con las matemáticas, que no me gustaban nada. Mi prima Ana era la que más me atendía. Cada vez que se acercaba a mí me derretía. Mira Pablo, es muy fácil, me decía, la curva en forma de J es una de las más sencillas. Pero la única curva que me interesaba era la de sus pechos que me rozaban en el hombro. Se le veía un poco el encaje del sujetador blanco a través de uno de los botones del escote de la blusa. Como hacía calor un hilo de sudor resbalaba por su cuello y desaparecía en el canalillo. Así era imposible concentrarse en nada, además tenía la testosterona por las nubes. La perturbación comenzaba.

Pasaba todas las vacaciones estivales en casa de mis tíos en el pueblo desde pequeño, para respirar el aire limpio del campo y oxigenar mis débiles pulmones. No me acostumbraba a que mis padres me dejaran allí, mientras ellos trabajaban en la ciudad. Les echaba de menos, aunque venían a visitarme los fines de semana, pero cuando me recogían a primeros de septiembre para volver a casa nunca me quería marchar y menos después de lo que había visto el último verano.

La casa estaba en una de las calles que daban a la plaza. Desde allí podía ver la torre de la iglesia con el nido de cigüeñas. Tenía un desván al que subía para observar a las mujeres que salían a tender la ropa en los patios interiores de las casas y cuando tomaban el sol ligeras de ropa antes de que llegaran los familiares a comer. 

Uno de los días que no tenía ganas de dormir la siesta y cuando parecía que la vida se detenía a esa hora de la tarde, en la que ni se oían los pájaros en los aleros ni los perros ladraban en los corrales, me quedé perplejo al pasar por una de las casas de veraneantes. Vi, a través de la persiana verde de madera, cómo se lo montaba una pareja de adultos. Recuerdo que pensé en el calor que estarían pasando, pero gemían tanto que a los pocos segundos me puse a mil solo con mirarlos. 

En otra ocasión, al pasar por la puerta entreabierta de la habitación de mi prima la vi sentada frente al espejo de su tocador. Mi afición a espiar iba en aumento y no podía resistirme. Tenía las braguitas colgadas en el respaldo de la silla y se estaba depilando. Primero empezó por las axilas, se daba jabón de afeitar con la brocha de pelo y en una pasada desapareció el tímido vello. Pero cuando continuó por sus partes, no podía creer en lo que veía. Aquel fetichismo me iba perseguir toda la vida. Desde entonces se lo pediría a todas las novias que he tenido. 

Las personas nacíamos con la necesidad de mirar y si además gozábamos, mejor, pensaba yo. La posibilidad de ser descubierto me calentaba. Pero el sentimiento de culpa por lo que veía no me dejaba vivir tranquilo. Creía que tenía un deterioro funcional por mis impulsos de ver a la gente en su intimidad pero, por otro lado, para mí entonces valía todo, quería disfrutar del sexo recién descubierto, con amor, sin amor, con uno mismo, con dos o más chicas… Todo me parecía bien.

El día que conocí a Colette, la chica francesa que veraneaba en el pueblo, todo cambió. Su padre era oriundo de allí y su madre francesa. Eran amigos de mis tíos y solían venir por las tardes a casa para merendar o cenar. Contaban cómo era su vida en la ciudad de Dieppe, de su trabajo en la fábrica de coches Renault, de las visitas a París y los paseos por campos Elíseos, los pernods en los cafés en el barrio Latino y las excursiones por el Sena en el Bateu-mouche, escuchando alguna bella canción francesa. 

Me enamoré al instante de ella, no puede evitarlo. Era la chica más bella que había conocido. Tenía un año más que yo. Las palabras pronunciadas con su acento francés, erótico y sensual, frunciendo la boca, me volvían loco. Sus vestidos casi transparentes me hipnotizaban y los minishorts que utilizaba a cada momento me tenían prisionero. 

Algunas tardes me llevaron con ellos a las piscinas del pueblo de al lado, incluso bajamos a bañarnos solos en las gélidas aguas del río. Una de las veces me propuso colocar las toallas junto a un hormiguero. ¿A que no te atreves?, me decía. Me gusta que me suban par icí por las piernas hasta mi minou. ¿Vous comprenez? Ese cosquilleo me excita muchísimo. Bien sûre, le contesté en el escaso francés que sabía. El que aguante más tiempo le da un beso con lengua al otro. ¿Tout d’accord, cherí? Siempre me acordaré de aquella tarde, desde entonces no me volvieron a dar asco los bichos del campo. El día que nos despedimos, después de bailar toda la noche en las fiestas del pueblo, nos prometimos volver el año siguiente. Á bientôt... Sabía que no iba a ser así, pero me daba lo mismo, nada era ya igual. 

Años después evocaría con placer aquellos meses de veraneo y aunque me corregí de mi voyeurismo, cada vez que escuchaba por las noches los gemidos de los vecinos desde el interior de mi apartamento volvía al pasado.




martes, 8 de diciembre de 2020

El amuleto de plata

Desde hacía unos meses Susana vivía sola en el apartamento que alquiló cuando se separó de Mario. Había pasado una mala temporada, pero con los ahorros que tenía anteriores a casarse podía pagar la vivienda en una buena zona del centro. Allí en la ciudad, al final, se conocían todos, su familia había tenido un comercio de muebles y eran socios del casino. Le daba apuro bajar a la calle y encontrarse con alguien conocido. No quería dar explicación alguna. No le interesaban muchas cosas, tenía algunos buenos amigos y casi no iba a las tiendas para hacer los recados. Fatou, la chica senegalesa, le traía todo lo que necesitaba. El resto de vecinos de la casa vivía cada uno a su aire, apenas conocía a Carmen, la vecina mayor de al lado, y el portero le recogía a diario la bolsa de la basura. 

Justo antes de que empezara todo, había pasado el fin de semana en el piso de sus padres en la costa. La radio de la cocina, mientras miraba al mar, anunciaba la aparición de una contagiosa enfermedad y decidió volver. Llovía aquella tarde con intensidad y comenzaba a anochecer. Los últimos fríos del invierno se metían en los huesos. Se subió el cuello de la gabardina, puso la calefacción del vehículo y aceleró para llegar cuanto antes. Todavía no habían cambiado la hora y las calles estaban desiertas el domingo por la tarde. Aparcó, encendió las luces de la escalera, subió a pie y entró en casa. Antes de meterse en la cama dejó encendida la lamparita de la entrada.

Entonces llegó la prohibición de salir de casa. A Susana no le importaba demasiado la medida que habían tomado las autoridades porque estaba acostumbrada a estar sola, aunque, a pesar de todo, quería a alguien con quien estar. El fracaso de su matrimonio no le quitaba las ganas de rehacer su vida. 

A veces pasaba a su terraza el gato de la vecina. Cuando Carmen lo llamaba, hablaban un rato de cosas banales entre ellas, pero era un respiro. Se evadía de la realidad por unos momentos. Le dijo que era viuda y que vivía en el edificio desde que llegaron del pueblo. Otro día le pasaba un bizcocho o unas croquetas. Sin embargo, a medida que transcurrían las semanas de aquella pesadilla le empezaron a aparecer los primeros síntomas de claustrofobia. Se acordó del día cuando sor Lucía, en el colegio, la dejó castigada en el cuarto de la limpieza. Lo único que escuchaba era el ruido de las uñas de los ratones sobre el suelo de madera. La oscuridad y el frío de aquel lugar se le metieron en el cuerpo como un veneno sin antídoto. Tenía las manos metidas en los bolsillos de falda y apretaba un pequeño amuleto de plata que todavía conservaba. Se preguntaba en aquellos angustiosos momentos si le alcanzaría el oxígeno para respirar, si podría sobrevivir, si en algún momento saldría de allí. Nunca contó nada de aquel terrorífico episodio. Desde entonces sentía fobia a los espacios cerrados. Cuando sus amigas proponían ir al cine alguna tarde, siempre buscaba alguna disculpa para no quedar. Sentía que no podía enfrentarse a ese temor descomunal. Sabía el origen de su miedo, creía que lo tenía dominado, pero había vuelto a aparecer. 

El confinamiento en el espacio cerrado del piso suponía una limitación de movimientos, se sentía atrapada y el aire le faltaba. Conocía las consecuencias negativas que ya había sentido otras veces: palpitaciones, temblores, sofocos, sudoración, dolor de estómago, confusión... Con seguridad, pensaba, todos esos síntomas desaparecerían en cuanto terminara la situación para no enfrentarse de nuevo a aquello que temía. Debía protegerse de la ansiedad que la consumía. 

Pero empezó a tomar anfetaminas para poder estar despierta por las noches, porque comenzaba a tener somnifobia y creía que no podría despertar nunca. Su cuerpo y su mente notaron los efectos derivados de los problemas provocados por los trastornos de sueño. Deambulaba por el piso como un autómata. Había dejado de asearse y apenas comía. Había puesto la cama junto a la ventana para respirar cuando sentía que se ahogaba.

Cuando la situación mejoró, Carmen intentó que bajaran juntas a pasear, pero apenas pudo poner una disculpa, la ansiedad que ahora le producían los espacios abiertos le impedía moverse de su sitio. Solo accedió a pasar a su casa para tomar un café. Le costó arreglarse, se cepilló el pelo, se puso unos zapatos de tacón bajo y besó el amuleto de plata. 


sábado, 5 de diciembre de 2020

Retratos de un barrio

Exposición fotográfica de Bego Elexpe en la Sala de BilbaoHistoriko, en el número 32 de la calle San Francisco de Bilbao. “Retratos de un barrio-Auzo baten erretratuak”. Merece la pena acercarse por aquí hasta el 18 de diciembre para conocer la realidad social y comercial de San Francisco, Bilbao La Vieja y Zabala. 

Bego Elexpe, artista erandiotarra, tiene su estudio en la calle San Francisco 6, donde lleva ya varios años  viviendo y trabajando. Ha retratado a infinidad de personas, todas ellas diferentes pero con un denominador común: las ganas de tener un retrato diferente y por eso muchos han calificado su estilo como transgresor. 

Según BilbaoHistoriko y la Asoc. de Comerciantes y Empresas de San Francisco, Bilbao La Vieja y ZABALA, con este proyecto buscan dinamizar y ensalzar su zona de una manera moderna, cercana y actual, demostrando el carácter, variedad y calidad de un entorno con tanta historia. Invitan a la ciudadanía a que se acerque, conozca y participe de los tres barrios.




sábado, 7 de noviembre de 2020

No soy malo

Sr. Juez

Toda mi vida he sido un pobre desgraciado. Aunque mis padres eran buenas personas, siempre he tenido que valerme por mí mismo desde pequeño. Me dejaban en casa con mi abuela cuando se iban a trabajar y no regresaban hasta la noche. Estaba sorda como una tapia y se pasaba el día viendo los culebrones de la televisión. A mí ni me miraba. A veces subía el vecino de abajo y se quedaba en el salón. Cuando eso sucedía, me encerraba en la cocina. Luego me regalaba una pasta Reglero revenida, que escondía en el cuarto, y me decía que no contara nada. 

Recuerdo que antes de ir a la escuela de primaria ya tenía que hacer los recados para casa. Bajaba a la panadería y entraba en la tienda de ultramarinos. A todos les hacía gracia verme tan pequeño, incluso los hombres mayores sentados en la plaza me daban caramelos y me preguntaban que, si quería, ellos me acompañaban a casa. No era consciente de lo que podía haberme pasado. Me quedaba con las vueltas, que escondía detrás del armario. Como no tenía ningún tipo de vigilancia, uno de los días estuve a punto de caer por la ventana de casa al patio de luces. Gracias a que una vecina me chilló desde su balcón me di cuenta del peligro. Aquello se me quedó grabado y desde entonces he tenido ganas de lanzarme a lo desconocido.

Cuando fui a la escuela tuve que defenderme de los mayores que siempre abusaban de los más pequeños. Nos pedían el bocadillo o lo que tuviéramos y si no teníamos nada nos zurraban. Así porque sí. Uno de los días, me rodearon varios chavales en una de las esquinas del patio y el más grande, pero el más zopenco, empezó a pegarme solo por divertirse. Me meé en los pantalones, pero en un descuido que tuvo le clavé la pequeña navaja, escondida en mi bolsillo, en el brazo. Casi no le hice nada, pero fue suficiente para que no se volvieran a meter conmigo. El incidente llegó hasta el jefe de la banda de los abusones de la escuela y me propuso formar parte del grupo. 

Tenían planeado entrar en el colegio para robar en la secretaría. Me dijeron que ellos vigilaban en el exterior y que no me preocupara, que me cuidarían, que sabían que en esa parte del centro no había rejas y que al salir nos repartiríamos el botín. Con mis ganas de acceder a lo prohibido, no dudé en romper la ventana y entrar a robar. La alarma saltó cuando estaba dentro y la policía me llevó detenido al cuartelillo. Mis amigos desaparecieron y luego dijeron que no me conocían. Al llegar a casa mi padre me dio una paliza de campeonato, así que me dije que no volvería a hacer el chorra. Pero como la tentación era más fuerte que mi voluntad, hacía pequeños hurtos para mis gastos de tabaco, salir de parranda e invitar a las chicas al cine del barrio. Siempre quería lo que tenían los demás. No sé la razón, pero era así.

Cuando fui a la mili me junté con lo mejor de cada casa. Dentro del cuartel, si podía, robaba la ropa de maniobras a los compañeros para venderla a la gitana que se acercaba a la taberna donde nos cambiábamos el uniforme para salir de paseo y si afanaba algún reloj enseguida lo pulía en el Rastro. Las tardes con los compañeros en los parques del centro, para acelerar la adrenalina y hacernos los machotes, nos entreteníamos asustando a las parejas o dando una paliza al que se nos ponía chulo y por supuesto terminábamos ciegos de cerveza y coñac barato. Más de un día dormimos en el calabozo por mal comportamiento.

Al llegar licenciado a casa, después de pasar por varios empleos que no me duraron, entré a trabajar de portero en una comunidad de vecinos. La rutina del trabajo diario se me hacía cada día más cuesta arriba. En uno de los descansos, mientras me fumaba mi porro en un rincón apartado del jardín, vi que el vecino del tercero me espiaba. Sabía que vivía solo después de que murió su madre. Era un poco rarito y me propuse aprovecharme de él. 

Mi hice el encontradizo en el descansillo de la planta. Me gané su confianza y me pidió que regara las macetas cuando se marchaba los fines de semana. Tenía una vivienda amplia, un poco viejuna, pero con muchos objetos caros. 

Cuando unas semanas después creía que había salido hacia la casa del pueblo, entré en su casa. Pero, con tan mala suerte que todavía estaba allí. ¡Qué iba a hacer! Le di un golpe en la cabeza. Sí, lo confieso, secuestré y maté a ese hombre. Quería experimentar qué se sentía al asesinar a alguien. El asesinato que yo creía que era perfecto, fue una chapuza. Rocié el cuerpo, después de desnudarlo, con la lejía que empleaba para fregar el suelo, para eliminar pruebas. Después tiré la ropa en un contenedor y me marché a tomar copas. Pero la chica que iba a hacer la limpieza semanal encontró el cuerpo y la policía me detuvo después de comprobar las huellas en el piso y en el cuchillo jamonero. 

Pero no soy malo e intentaré corregirme. Clemencia, Sr. Juez.


Uzbekistán 8

Tashkent Uzbekistán es el centro del centro de Asia. El único país del mundo que está landlocked by landlocked. Es decir, que sus países lim...